De luces, sombras y Belmondo.

                La vida en blanco y negro huele a humo y a callejón, sabe a cecina y hace ruido al tocarla. La vida en blanco y negro es de Bogart y de Mitchum, pero yo no fumo y tengo tendencia a perder las gafas de sol.

     Cada una de esas líneas negras me recuerda el sonido del tren cuando entraba en el túnel. Vuelvo a ver los pinos negros por el gasóleo mal quemado durante tantos días y tantos años, y me acuerdo de aquella tarde de sol y de aquella canción metálica que escuchaba una y otra vez sin poder prestar atención a la letra más allá de la segunda estrofa. Soy consciente de que aquellos recuerdos son tan arbitrarios como estas líneas y de que no existen más allá de este momento. No los podría tocar aunque me encogiese hasta el suelo, pero me golpean con la precisión del cabo de un látigo. Se enredan en mis piernas, los noto golpearme las rodillas y tratar de asfixiarme, de ahorcarme y de clavarse en mi carne como una soga delgada y resistente que se burla de mi cuerpo al apretar. Entre latido y respiración, en un intervalo de milésimas de segundo, giro la cabeza hacia donde el sol me destella y veo esas sogas que proyectan las líneas. Sogas de acero que conectan con sombras infinitas cruzadas con estrías de una madera que suena a hueco. Mis pasos se enredan cada vez más y dan un golpe cada vez más fuerte, y mi cuerpo pesa y se intenta desmoronar a cada zancada como si quisiese que fuese la última antes de la muerte; como si acumulase todo el cansancio de la Creación; como si no fuese mío.

     Salgo a correr cada día cuando el sol apenas ha salido, pero jamás cruzo el puente. Hoy lo estoy cruzando porque es uno de esos días especiales y la piel me escuece hasta querer arrancármela, pero no espero nada del otro lado. El mismo blanco y el mismo negro, cruzados por el mismo polvo que baila entre la luz, y pendientes de la misma atmósfera que me recibe al llegar al final. Las sombras de los cables me siguen golpeando la nuca con ruido de tabla seca cuando ya hace tiempo que piso tierra firme. Aquí no huele a desayuno ni a azúcar. Huele a café y a jengibre con bocanadas de aroma a comida china, pero ni a tostadas, ni a leche caliente. Querría pensar que cuando despierte y no me encuentre entenderá que debe marcharse, pero no estoy seguro de que no fingiese dormir cuando me arrastré entre las sábanas.

 

     Cuando rodeo el parque, un hombre me mira fijamente como si quisiese que fuese yo al que espera, pero de repente quiero volver y meterme en la selva de rayas negras con un cuchillo largo y oxidado que haría astillas varios metros de selva a cada machetazo, como los africanos cortando caña de azúcar después de quemarla. Cruzar el puente de nuevo es nadar entre cocodrilos, y tengo la espalda tan tensa que podría crujir al romperse como un sarmiento viejo. La única que está segura de querer volver es mi cabeza, mientras el resto de mi cuerpo se resiste y se agarra a cada reja que ve, a cada farola, a cada persona que lleva la dirección opuesta.

     Cuando dejo de correr, mis vecinos ya están en la puerta alimentando a unos gatos que no creen suyos. Mis pasos suenan más fuerte de lo habitual, quizá inconscientemente, y se enredan con un pastoso saludo, húmedo y con olor a melaza y a plástico. La puerta hoy no chirría, o yo no la oigo. Las escaleras hoy no crujen… o yo no las oigo. La llave. La cerradura. No huele a nada más que a cascos de cerveza y a una escueta nota. No la leo. Solo me importa la cama: revuelta pero sin nadie.

     Antes de entrar al baño ya estoy casi desnudo. Me quito los calcetines y me arrepiento. Me arrepiento de las grietas en la pared, de las brechas de mi abrigo y del golpe que le dí aquella vez al coche. Y el agua no me limpia; y el jabón resbala por mi cuerpo sin notarme; y me quema la piel, otra vez. Giro el grifo hasta que el agua sale hirviendo y aguanto en busca del purgatorio, luchando contra un remordimiento con sonido de llaves y contra la vergüenza de cruzar la calle. El sudor de la carrera ha metido la culpa dentro y ahora circula por mi sangre y no se irá por mucho que restriegue la piel muerta de vergüenza. Pero de un manotazo cierro la ducha y me enfrento al espejo. Desnudo, empañado, todavía culpable, parpadeo como tantas veces y dejo un rastro de agua hasta la cocina, sabiendo que mañana empezaré a olvidar y será de nuevo el primer día. Y es la esperanza de que sea la última vez la que me hace sacar la mermelada del fondo del armario. La leche fría y el café de ayer. Me siento. En la nota hay un número de teléfono que apenas puedo leer y el nombre lo tapa mi taza, porque estaba en el fregadero y no me gustaría dejar un cerco en la mesa.

 

     Cuando rodeo el parque, un hombre me mira fijamente como si quisiese que fuese yo al que espera y yo no quiero volver a meterme en la selva de rayas negras sin un cuchillo que corte las sombras. Me lanzo a dar otra vuelta al parque y resisto la tentación de una tercera. Aquel al que esperaba ese hombre ya está aquí y de ellos copio la idea de bajar al metro. No voy a volver a cruzar el puente, prefiero reptar bajo sus cimientos como una lombriz que siente el fango como su casa. No es la primera vez que salto la barrera para coger el metro sin pagar, pero sí que es la vez que menos me importa, porque el vagón está sucio como yo, y no veo más que a gente estucada de secretos, como yo.

     Cuando llego a la escalera no hay nadie en el portal, pero el gato del vecino relame el plato sin prestarme atención. La puerta hace un ruido diferente al cerrarse y al subir me acuerdo de la barra del metro y evito tocar la barandilla como si fuese a contaminarla para siempre. Las escaleras crujen a cada paso y yo sólo puedo pensar en apretar los dientes y desear que cuando entre no haya nadie. Todo mi cuerpo huele a sudor y a comida de ayer, al vapor del metro y al aliento de otras personas. La llave. La cerradura. El cerrojo sigue echado.

     Antes de entrar al baño ya estoy casi desnudo. Me quito los calcetines y oigo unos pasos. No soy el único desnudo, ni el único que huele a sudor y a cerveza evaporada. Ella me besa la oreja y yo sonrío. Me dice su nombre y reímos. Comienzan unas caricias toscas que no prometen mejorar y la agarro trayéndola a mí con la fuerza con la que agarraba la barra del metro al atravesar los baches. La acaricio fuerte, rotundo, con esa misma mano que temía contaminar la barandilla. Me da asco meter la cara entre su pelo, pero de nuevo la soga me lleva a violarme a mí mismo, a bucear en mis pecados, a intoxicarme de alcohol barato esperando al hada verde. Muero un poco en un aire viciado que huele a urinarios y a colonia rebajada. Respiro profundo y la llevo hasta la habitación que sigue con unas sábanas revueltas que , sin duda, quiero quemar. La sigo a las profundidades y cuando vuelvo a salir del fango, preparo café. Se pone una de mis camisetas y yo pienso en Belmondo mientras ella sonríe oliendo a leche caliente y azúcar. Pero yo no soy Belmondo y el plano secuencia se corta cien veces. Me apunta el teléfono en mi agenda del móvil y comparo sus pies con los míos. Me fijo en su cuerpo al levantarse a limpiar la taza, porque acaba de dejar un cerco en la mesa.

     La vida en blanco y negro solo es luz y sombra, por eso atrapa. Los grises son los que crean volúmenes, pero no nos importan, no los vemos, no nos atraen. Es el blanco y es el negro, los que son como una droga de la que no puedo desenredarme por mucho que corra. La próxima vez que cruce el puente, los cables serán sombras, y las sombras serán palos con los que tropezar y romperme los tobillos hasta que el hueso en astillas atraviese mi carne. Y aún así seguiré corriendo y seguiré respirando aunque se paren los latidos de mi pecho, porque las luces y las sombras son más fuertes que yo. Me atraganto, olvido que tengo que aguantar la respiración y trago agua y cieno. Mañana saldré a correr de nuevo prometiéndome que esta vez voy a ser capaz y sabiendo que una mañana, tarde o temprano, atravesaré las rayas negras sin más peligro que el que atraviesa sombras, y que la vida en blanco y negro es de valientes como Bogart, como Mitchum o como Belmondo, pero yo no fumo, tengo tendencia a perder las gafas de sol, y me aburro en los museos.

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