De lo que ya no somos

      Su esposa murió afirmando que no recordaba una sola palabra de su lengua natal. A pesar de haber llegado al país en el mismo barco, ella no volvió a hablar italiano tras el par de años de adaptación. La excusa de practicar el nuevo idioma llevó enseguida a asegurar que no recordaba absolutamente nada del antiguo. Nadie se lo creyó nunca más allá de sus propios hijos y algún que otro auténtico americano, como ellos, de los que las lenguas extranjeras suponen una nebulosa abstracta tan difícil de comprender como la ecuación de las ondas gravitacionales. Para ellos, si la señora decía que no recordaba ni una palabra de su lengua natal, así debía de ser.

      Años más tarde, aprovechar los primeros rayos de sol de una incipiente primavera que tarda años en llegar, es el mejor pasatiempo para el que no tiene mucho que hacer. Hoy el sol calienta más y dos hombres se dejan abrumar por el calor que les enciende las orejas cortadas por los reiterados vientos del invierno. Dentro de los abrigos, dos carteras de piel iguales, guardan fotos grotescamente manoseadas por amigos y conocidos. Fotos de dos familias distintas, olvidadas en su mayor parte, solo presentes en cuentos hiperbólicos con ojos brillantes de vino y nostalgia. Pero el tiempo, pese a los abrigos, es frío como la piedra y girarse significa helarse la cara, igual que volver a casa.

      Hace demasiado tiempo que cruzaron casi un cuarto de mundo con la duda del que no sabe qué va a encontrar al otro lado metida en una maleta de cartón. Trazaron un arco invisible que los separó de todo lo que alguna vez habían conocido y dejaron atrás asuntos pasados y futuros, a medias o soñados. Se extirparon sus primeros años y los dejaron atrás, con la audacia de todo joven que se cree inmortal al tener la vida por delante. Ahora se sientan cada día mirando al horizonte del que surgieron, hablando de una tierra que ya no conocen, recordando historias que nunca tuvieron lugar, y creyendo que son parte de algo que ni recuerdan, ni los recuerda.

      De aquel país al que apuntan sus ojos no les queda más que los nombres: Guido y Luca, dos nombres típicos de aquel otro lado que ni siquiera ellos pronuncian bien. Cincuenta años han lijado sus acentos y los de todos aquellos con los que compartían lengua, siempre a excepción de la mujer de Guido que lo olvidó hace cuarenta y ocho. Al principio apenas notaron el cambio, pero ahora no suenan creíbles en ninguno de los dos idiomas que creen suyos. Son actores aficionados en ambos escenarios, presos de un papel que ya consideran su piel. Han creado su propia identidad con la que se sienten parte de un grupo, pero es una identidad tan frágil como su salud. Hay días en los que todo encaja mal, en los que se aprecia la farsa, como el día en que te vistes con una lana que pica. Otros, como hoy, todo da igual, todo parece tener menos importancia.

      Guido lleva mirando al mar desde que despertó esta mañana. La ventana de su apartamento muestra el mismo recorte del mundo que el banco a pie de playa, pero la versión de abajo es panorámica. Es el cinemascope de aquellas películas de Sergio Leone en las que recordaban su Italia lejana a pesar de que hablaban de América de principio a fin. Su vida comenzó a ser así apenas tres semanas después de desembarcar en Ellis Island, un Spaguetti Western en el que todo emula una realidad que nunca existió. Cada artefacto parece el objeto más auténtico del planeta por su propia artificialidad. Como Leone, ellos siguen siendo invitados en casa de otros, engañados por el tiempo hasta el punto de creerse los dueños del rancho, pero por puro pragmatismo, deciden no plantearse la cuestión.

      Luca también vive frente al mar, también en el mismo edificio, y también solo, pero esto último no fue decisión propia. Se casó apenas dos años después de llegar aquí. Junto a su mujer, que olvidó la lengua pero no la tradición de su abuela de cocinar gnochis una vez a la semana, creó una de aquellas familias que quisieron llamar Italo-Americanas y que empezaron ocupando una ratonera sin ventanas en Little Italy para ir mejorando su estatus hasta llegar a una buena zona de Brooklyn de la que mudó su soledad cuando ella murió. Frente al mar no se siente tan solo a pesar de pasar la mayor parte del día con Guido.

      Que Guido no se casase no quiere decir que no tuviese hijos, pero ninguno de ellos llegó a tener una especial relevancia, ni en el mundo, ni mucho menos en su vida. Si los tuvo fue sin pretenderlo, y si cada uno tiene una madre distinta fue más por sentido del deber que por promiscuidad. Luca, al contrario, tuvo sus cuatro hijos tratando de apagar la lascivia que le despertaban otras mujeres que no eran la suya, pero el resultado fue similar, ya que poco importan en su vida.

      Ahora, dentro de unos minutos, uno de ellos va a decir que es hora de comer algo y el otro, no importa cuál, se subirá el cuello del abrigo y estirará las piernas sin levantarse. Cuando dejen el banco se cruzarán a algún turista que se planteará la pregunta de si comparte el rango de turistas o llevan mucho tiempo allí, pero el tiempo es relativo y la pregunta es difícil incluso para ellos que son los que tienen las manos rotas de trabajar en este país. Los turistas mañana estarán en otra parte, pero ellos volverán a la playa porque de nuevo lucirá el sol, y cuando llegue el verano podrán presumir de su tono de piel, y volverán a sembrar la duda, o simplemente afirmarán lo único de lo que están seguros después de cincuenta años, lo que realmente son y lo que van a seguir siendo hasta que mueran e incluso después: inmigrantes.

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