De las cenizas de una tormenta.

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       La tormenta había cambiado todo. Las imprevistas nubes de plomo habían engullido el calor vespertino y habían regurgitado un bochorno áspero y con un respirar complicado. Apenas una hora había bastado para que el rumbo de miles de pasos se detuviese por unos instantes y jamás volviese a encontrarse. Todo eran dudas, todo era vapor de un chapoteo filtrado a las entrañas del hormigón. De repente, todo era gris.

     Así es como una pareja cualquiera, en un bar que hacía esquina, interpretó la tarde. La tormenta, tan anodina como cualquier otra de aquel verano insípido o de otro al azar, había electrificado sus planes. Cualquier otro vería rápidamente que la tormenta real en aquel caso concreto había tenido lugar en las inmediaciones de aquella mesa del rincón junto al ventanal. Más allá del linóleo febril, los truenos habían sido una anécdota de felpudo, un leve tintineo de basta cristalería.

      Al otro lado del cristal, la lluvia ha cesado y con ella también la conversación, quién sabe si discusión, de este lado. Dos sombras, dos volúmenes crispados desde el pescuezo, atando con bridas unos pares de ojos que amenazan con cruzarse en un duelo a machete. A ambos les queman las mejillas apenas rozadas en un saludo que se pensó cordial.

      Él es el primero en levantarse y coger una chaqueta absurda en pleno verano. El rugir de la silla hace eco con su bufido al comenzar a andar hacia la barra. Paga. Todo, por supuesto. Sale y una puerta del aluminio y el cristal más básicos encontrados hará ya 30 años, da el golpe de siempre. Ella lo cree diferente y oye un portazo. Interpreta una actitud inaceptable que le sirve como excusa para levantarse también. Sin nada más que el bolso y un sublime genio madurado en años de intenso calor, sale también a la calle. Desde dentro, algunas miradas de la exigua clientela, rápidamente pierden el interés al comprobar que las voces se quedan en la acera y no llegan hasta el interior. Parecen gritar. Ahora ella mueve los brazos como un pájaro bañándose en un cubo. Después es él quien saca a pasear el dedo grotescamente amenazante. Parece señalar una mancha en la solapa de ella, pero no, este escenario sería poco probable.

       Ella avanza y él retrocede. El camarero los pierde de vista desde la barra, pero la mujer del fondo los vislumbra ahora por el ventanal. Él comienza a parpadear con fuerza. Vuelve a llover y el agua le resbala por la despoblada frente hasta molestarle intensamente en los ojos. El cardado de ella es un suflé fallido y se menea ahora de un lado a otro buscando cómo caer con decencia o, al menos, siguiendo las leyes de la física.

       Septiembre. 55 años él. 5 más para ella. Desencuentros, esos y mil más. Buenos ratos, los justos, quizá alguno añejo del que no recuerdan más allá del cartón piedra y las fotos. Conocerse, se conocen mucho, pero sería dudoso afirmar que se conocen bien. Es posible que el de hoy sea uno de los últimos alborotos, pero es probable que tarden en olvidarlo. Mientras la lluvia los cala por completo, se escupen los últimos argumentos y se tragan las últimas necedades. El propio ruido de la lluvia crea un rumor de fondo que mata los tonos bajos. Los coches sobre el asfalto mojado intensifican el ruido. Los truenos, más frecuentes de lo que se consideraría normal, terminan por convertir el enfado en un sainete.

       Él no la escucha, pero aunque lo hiciese, le sería difícil entenderla. Ella ni siquiera de deja hablar y, cuando lo hace, apenas distingue sus gritos. La lluvia arrecia. La discusión decae. Ella se gira para darle la espalda, pero no va más allá. Tras el cristal, el bar completo ha recuperado el interés. El ventanal está lleno de ojos fijos que ya no disimulan. Hasta la mugre parece interesada, tanto o más que el chaval contratado para atezarla, que apoya sin más la barbilla en el palo de la fregona.

      Antes de que él desarrugue la frente, la lluvia ya casi ha vuelto a cesar. De repente, casi sin querer, movido por un impulso de los que nacen de las entrañas más recónditas, suelta una carcajada que levanta las cejas de cada uno de los espectadores. Sigue riendo. Cuando ella se gira, lo más sorprendente de su rostro es la propia ausencia de sorpresa. Tampoco la risa está presente, ni siquiera aquella de un posible contagio. Es entonces cuando abre el bolso y saca una bolsa que abre rápidamente, sin dar tiempo a que él deje de reír, ni a que la señora del coche, esperando al semáforo, consiga arrancar.

      A pocos se les escapa que aquello que ha acabado cubriendo a este hombre de la cabeza a los pies, es ceniza. Algunos consiguen llevarse la mano a la boca. Otros sonríen tan maliciosa como descaradamente. Tras volcar la bolsa sobre su hermano, ella la ha arrugado y se la ha tirado a la cara. Con un golpecito curioso ha dado en su frente, aún despejada pero ahora cubierta de ceniza mojada, y ha caído a sus pies. Como tras una nevada grisácea, él la ve alejarse enérgicamente mientras siente la árida masa resultante cimentar en su piel y en su ropa empapada. Ya no se ríe, las carcajadas absurdas y lentas han frenado en seco como aniquiladas en un hachazo.

      El primer rayo de sol, descarado y obsceno, levanta un vapor ingrávido al trasluz. La tormenta ha pasado y le sería difícil explicar a un extraño cómo y dónde comenzó también la suya. Lo que sí sabe sin ningún lugar a dudas, es que la desagradable sensación que le recorre los vasos sanguíneos hasta revolverle las tripas es algo muy cercano a lo que sentía hace años, sin embargo esta vez sí que podría afirmar sin pecar de exagerado, que siempre le toca a él cargar con su madre.

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