De la hierba y de unos ojos.

     

     Respirar cerca del suelo me ayuda a engañar a los pulmones. Modosos, como flotando en anestesia de estraperlo, creen estar en otro lugar. También he engañado a mis ojos. Ver diversos tonos de verde y nada más que verde, ha creado la ilusión en lo más profundo de mis modestas pupilas de que he reptado a otro mundo más allá. Mis entrañas, sin embargo, son mucho más difíciles de engañar. Hundidas y maltratadas, han desarrollado la percepción sublime del que no aguanta más, del que se jura cada vez que será la última, y del que se cansa de respirar. Dormidas, aplastadas contra una realidad aparentemente bohemia y artificialmente suave, llevan tiempo sin molestarme, pero la inconsciencia toca de vez en cuando el cristal y ese tintineo, como de unas uñas golpeando la ventana, me recorre la piel de la parte de atrás del antebrazo. Primero el derecho, como una descarga de aviso. Después el izquierdo, como una amenaza apenas fingida.

 

     Aquí, sobre la hierba, no logro recordar el color de unos ojos que me hacían temblar atravesando los más cálidos meses del pasado. Recuerdo el nombre, la concepción, la idea que en mi mente se fijó de aquellos ojos. Sé lo que pensaba, lo que me hacían sentir a cada paso que daba evitándolos, a cada respiración anhelándolos, a cada noche doliéndolos. Como alquitrán caliente que te eriza la piel incluso antes de tocarte y te despierta las náuseas más profundas que tu ser guardaba para momentos especiales, el recuerdo se extiende por mi cerebro como la explosión de una carcasa buscando venganza. Colores de artificio, rehenes, maquillados hasta el patetismo, se debaten en mi mente intentando desempolvar una imagen nítida de aquel pasado. No lo logro. Me parece imposible, pero no consigo siquiera acercarme. Solo recuerdo la alegría y el dolor que rezumaban y que contagiaban a aquel joven maldito.

     Ayer los vi y los veré más veces. Se cruzaron sin avisar, como siempre, pero evité mirarlos. Me centré en la sonrisa. La misma de siempre. La de desarmar incluso sin previo aviso. Un poco revuelto, pero apenas fingido, toqué un hombro que había deseado infinitas veces con lo más augusto de mis palmas. No hubo descargas. No las habrá nunca más. Volveré a cruzarme una y otra vez, y cada vez volveré a remover el cieno del fondo y a sentir un regusto a barro y a sacos de musgo que me llegará hasta la nariz, y quizás quiera cortarme el aliento, pero será sólo un recuerdo, como el de esos ojos. Ese recuerdo ya no me hace daño. Sólo me duele la cicatriz de una herida que no existió, de un hierro que nunca fue, que se insinuó y me destruyó sin haberme construido.

     Pasé, saludé, me sonreí y seguí sin girarme. Reconozco que la tentación cruzó por mi mente, pero no fue invencible. No fue la vez. Fue únicamente una vez más. No significó nada más allá de un hoy en el que intento asentar una resaca que me dificulta el tragar y el asentir. El olor de esa risa no parece doler, pero tengo todavía algo que me corre por las venas y que reacciona a su hechizo, aunque no consigo tampoco recordarlo.

 

     Aquí, sobre la hierba, no logro recordar qué nos hizo separarnos la última vez. Si mis sesos, ahora maltratados y mentirosos, hubieran sabido que aquella, la vez que no recuerdo, iba a ser la última, hubieran provocado un pinchazo tan agudo que no hubiera podido aguantar mi cuerpo y hubiera caído de rodillas ante una divinidad de las oscuras y fascinantes. Los dioses en los que yo creí en aquella maniquea antigüedad mía, residían en un Olimpo clavado detrás de esos ojos que no recuerdo tampoco hoy. No consigo recordarlos, pero recuerdo su tacto sobre mi piel cuando salimos del barullo. He olvidado todo lo demás, pero recuerdo la última vez que se puso el sol y, resignado, cuento las polillas que se han chocado con mis manos desde que dejaron de tocarte. Siento en mi garganta una culpa feroz por haber estado respirando sin bendecir, a cada momento, las bocanadas de aire que me alejaban y me acercaban a ti de nuevo.

     Ayer los vi y los veré más veces. Se cruzaron sin avisar, como siempre, pero esta vez los retuve y me retuvieron. Hubo una descarga que rompió mis oídos como un trueno ciego, y mi mente se detuvo. De haber carecido de los instintos más básicos, me habría dejado caer, olvidando incluso la facultad de mantenerme erguido, y habría firmado la teoría de la evolución con mi propia sangre al golpear contra el suelo. Tuve que detenerme, tuve que dejar de andar y de pensar para poder articular. Sonreír fue fácil, pero las venas se me obstruyeron con barricadas de rocas y sacos de arena. Esa sonrisa que, a diferencia de los ojos, recordaba perfectamente, hizo que la volviera a idolatrar y que despejase los altares para volver a colocar la talla denostada y reconstruida.

     Pasé, saludé, sonreí y me detuve. Fue invencible. Fue de nuevo la vez. Otra vez. Un nuevo asalto de una pelea de la que no espero salir vivo. Cansado y acribillado por ebrios reflejos, volví a seguir un olor a piedras y a algodón de banderas, olvidando cualquier pasado cercano o remoto. El olor de esa risa me acompañó y me arrancó la carne como un bisturí que no duele ni aún cuando se clava en lo más hondo para intentar llegar al tuétano. Aquí, tumbado, no paro de olerme las manos, intentando que no desaparezca el aroma a manzanas de esos ojos que no recuerdo.

 

     Cuando me he tumbado aquí creía hacerlo por esperar, una vez más, a que cayeran las nubes o me abrasara el sol, pero he recuperado la consciencia y la conciencia. Reventando la burbuja he demolido de nuevo estructuras que había olvidado crear. Rompiéndome las manos, he conseguido que el mañana ya no sea binario, pero ahora temo levantarme y seguir el plan trazado. Los arquitectos de vidas ajenas, de ámbitos fundidos entre lúgubres certezas y verdades absolutas, no dejarán que me suba las mangas y muestre los dedos. El camino es el mismo. No me he salido. No me saldré. Volveré a casa y entre las sábanas revueltas no habrá ni un suspiro que me deleite los oídos con un susurro de “eres tú”. Cada vez que me pongo en pie creo haber cortado talones y haberlos derribado a todos, creo haber derretido vidrios con volcanes de lava incontrolada e inabarcable, pero los ríos incandescentes no son tales y no queman ni el papel. Surcos de ideas muertas, nada más. Ceniza de muchos años atrás. Dolores de ladrillos sin fijar, sin fraguar y sin forma. Matrices de sombras rascándose entre la sarna y el desprecio.

     He creído que respirar cerca del suelo significaba redimirme en el engaño, pero no es así. El engaño no ha durado ni un parpadeo, ni la vibración de un sí. Cuando me levante de aquí, el dolor de los ojos me volverá a pesar como una cadena de amianto bajo la que sufro el pánico a respirar. El dolor de mis ojos y el de los suyos. La quemazón de esa idea duplicada y borrosa que me ha ahogado ya media vida y que seguirá haciéndolo. Se me nubla la vista y sólo veo verde. El verde sobre el que finjo descansar. El verde en los oídos. El verde de las heridas que se multiplican en mis brazos hasta que lo cubren todo.

     Sin darme cuenta me he puesto en pie. Llevo la camiseta a un lado, saludando desenfadada a las sombras que pasan. He notado una brisa saltándome entre el pelo y el zumbido de un insecto que no era yo. He cogido todo y voy más ligero. De repente vuelo, me retraso y mastico. Me giro al primer roce y, sin sorprenderme, recuerdo esos ojos por última vez. Después, el olvido, el alquitrán y los pasos.

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