De ángulos inversos que forman perspectivas.

Si pudiera volver atrás y bajar de ese avión, no dudaría en hacerlo.

La lluvia me empapa las pestañas y siento que pesan como vigas de hormigón que se hundirán en el mar.

Por el acento de sus pasos sobre la fina película de agua que hay en la acera, sé que papá está tan seguro como yo de que todo esto ha sido un error. Desde luego no es el mayor que hemos cometido juntos, pero mamá estará contenta.

La costumbre me hace suponer que el sol salió esta mañana, pero ni siquiera estoy seguro de eso. Si un ente revolucionario me discutiera esa posibilidad, no tardaría en ceder a la duda e, incluso, darle la razón.

Andábamos ya cuando empezó a llover. Fue ayer. De noche vi las primeras gotas… No, no vi las gotas, vi su efecto sobre el asfalto, sobre la chaqueta de papá, y sobre el reverso de mi mano. Aunque fue anoche, parece que no haya parado de llover desde hace días, meses o milenios.

La memoria de mi cámara está llena y no me gusta todo lo que encuadro, pero prefiero esa imagen que llega a mi cerebro como una chispa remota y descafeinada a través del objetivo. Después de rebotar en un espejo y luego en otro, atraviesa mi retina cruzando un cristal tras otro. Me parece más real esa chispa que la luz que rebota en el agua a nuestro alrededor.

Papá no habla y parece que no quiera volver a hacerlo jamás. Solo anda. Anda solo. Conmigo a su lado y sin mirar a los lados. Al igual que yo a través de la cámara, sus ojos evitan el entorno y enfocan solo al frente. Recortan como un niño que imita copos de nieve con hojas de papel, sin criterio aparente pero con la seguridad de un machete atravesando la selva.

Papá se va a olvidar de todo. De lo que es y de lo que ha sido. Mamá ya lo sabe y por eso no quiso venir. Yo lo sabía pero quise jugar al despiste con el destino. No me dejó ni ganar una mano. Hacer turismo no fue una buena idea, no va a hacer que se relaje. Y el médico mañana dirá lo que ya sé, porque anoche me miró y ya no me vio.

Mientras oigo el ruido de mis zapatillas empapadas de agua, pienso en la posibilidad de que coger ese avión haya sido la mejor decisión de nuestra vida.

Papá sonríe mientras camina y hace que los demás también sonrían al verlo completamente empapado y con la lluvia resbalando hasta su frente.

Suena el teléfono pero no voy a contestar porque sé que es mamá arrepentida de no haber venido. El sonido de la lluvia y de los taxis que la atraviesan, acaba por apagar todo menos de mis pensamientos.

Tendría que detenerme a pensar para poder decir cuándo empezó a llover, pero creo que esta mañana mis calcetines se mojaron cuando metí los pies en las zapatillas.

Fue tan largo el viaje que papá se durmió sentado mientras esperábamos a que nos dieran una mesa, pero cuando comenzamos a andar atraídos por las luces como las polillas en verano, olvidamos que hacía mucho que estábamos despiertos. Venir con papá ha sido como coger de la mano a un niño en su primera navidad. Sus ojos me buscaban. La niebla trataba de escapar de los manotazos.

Apenas he hecho fotos porque no tengo claro que el objetivo pueda captar el espesor del ambiente a nuestro alrededor, igual que no es capaz de captar la lluvia, sino las cosas que  esta moja. De todas formas, es difícil que olvide las imágenes que arañan a cada paso en mi cabeza.

El frio de la lluvia en mi cara parece querer despertarme para hacerme ver que no es la primera vez que estoy aquí, pero tampoco lo es para papá y en el reverso de su mano, la piel se vuelve eléctrica. En su cabeza ya no están las otras veces que estuvo, o no hay forma de llegar a ellas. Está descubriendo Nueva York por segunda vez, quizá con más apetito del que tenía la primera, y devolviéndome la ilusión que yo le regalé cuando la descubrí cogido de su mano.

Fue una gran idea hacer turismo. Y no me importa, pero el médico mañana dirá lo que ya sé, porque anoche lo miré y ya no lo vi.

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