Microrrelatos

 

 

 

El repicar de las campanas le sonó a anuncio de su propia muerte. De espaldas, tirado por sogas que lo ataban desde lo más profundo, se fue acercando, paso a paso, hacia un abismo de asco y mentiras. Y allí abajo se vio a sí mismo, ajeno, baldío, en el día de su propia boda. 

 
 
 
 

 

 

Y allí la vio por primera vez. Allí en el centro de aquella escalera. Allí adentrándose en las entrañas de la tierra con la misma facilidad con la que se adentraría después en las suyas. Antes de verla de frente ya estaba enamorado y allí, cuando se giró, ya se olvidó de respirar durante un par de años.

La calma. En la calma duermes y despiertas. En esa calma reconstruyes y sacrificas, te empapas. Ayer soñaste con la calma. No había nadie más. Eras feliz. Sonreías todavía cuando ella te despertó posando su mano sobre tu costado, sus labios sobre los tuyos… Hoy la llevas dentro y se extiende como el dulce poso de un veneno. Hoy te lleva de la mano. Hoy, que crees estar enamorado.

 

 

 

 
 
 
 

Nos amenazan las nubes de estos dioses de cultura posmoderna, ausentes de sus templos, de compras, tal vez. Te pregunto si me quieres. Me contestas que te quiero. Mi duda persiste confusa como mis pasos. Estos escalones. Esta ciudad que amanece una y otra vez con los puños en alto. Te pregunto de nuevo. ¿Me quieres? Ahora soy yo el que no escucha. ¿Qué me importa la respuesta? Me he distraído, he cambiado de foco. Cultura de amor posmoderno al fin y al cabo. 

De nuevo ante el bofetón de la desidia estiva. De nuevo borracho de sol. De nuevo abstraído y mutilado. De nuevo, otra vez. Una vez más el mismo comienzo a una misma insufrible temperatura. Insoportable rumor de avispas. Insaciable rubor de vergüenzas repetidas, reiteradas, de las que hacen entornar los ojos. Estornudó y, de nuevo, se encontró el mismo usado verano.

 

 

 

 

La expectación. La necesidad del qué habrá. La angustia de saber el qué, el cómo, el por qué. El vengan y vean elevado a la potencia. La excitación de la ignorancia aborrecida y resumida. La plaga de abocarse sin tocar, sin oler, sin ver. El hoy.

Atrapados, abocados a una huída efímera y absurda que ni siquiera es real. Encadenados, vallados como campos de arroz oxidado. Empantanados y apilados en capas de cartón y pequeñas luces. Sacos, costras y el aceite infinito de una vida de ojos bajos y esperar maldito. Ensordecieron. Almacenen. Desvelarán. Cuando sus sueños embarcaron, jamás contaron con el sabor del asfalto.

 

 

 

 

 

Vendí mi fe. Subasté mis santos pastores sin buscar siquiera el mejor postor. No recogí los restos ni limpié los bronces. Pasé los dedos por el labrado y le di la espalda a todo lo que había sido. Rugosa, fría, vieja como los brocados de Jezabel, mi mano jamás ha vuelto a ser la misma.

Ya no eres el mismo. Volveremos a esta foto y no seremos los mismos. La olvidaremos sin ser nosotros. La perderemos, la engulliremos y la regurgitaremos, pero no seremos. No volveremos aquí. No reconoceremos a tales extraños. No nos acercaremos a saber jamás por qué tu y yo, aquí, fuimos tu y yo.

 

 

 

 
 
 
 

De paso, en una cueva de sombras platónicas en las que no vemos los monstruos de la piedra, sino los cuchillos de la luz. Encadenados al brillo de una cerámica de frío quebrado y colores vacíos. Gozamos las ramas y las hojas. Y sombras. Y más sombras. Y cadenas. Y el peso en nuestra alma. Y más cadenas. Y un reflejo. Y cadenas. Y al fin, sin más, todo es aguja y retina.

Dolientes, dormidos, respirando almidón y transpirando kilómetros de terciopelo. Los encontré vivos pero heridos. Heridas del tiempo. Heridas de las calles. Cicatrices del mañana en el cerebro, sensibles al tacto y al oído. Los encontré, pero se perdieron. Los perdí al parpadear. Los perdí. Busqué.

 

 

 

 

 

 

Y ahí la encontré y se encontró, juntando letras, abrumada por sus propias líneas y con las manos manchadas de verbos. Enredada en misiones y planetas, fingió no verme para poder seguir, unos minutos más, jugando a construir futuros. Yo soñaré. Tu volarás. Él crecerá. Nosotros amaremos. Vosotros hablaréis. Y ellos, ellos volverán.

Cansada. La boca seca de imaginar un futuro que toqué, que rocé con el antebrazo. Tu ropa en el suelo. Mis ojos hinchados. Por la ventana, el mismo óxido, la misma pintura vieja, la misma promesa inerte. Inerte. Inerte también tu cuerpo en mi cama. Inerte mi alma, que despierta sin haber dormido.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Y aquí, con el agua amenazando mis sentidos y mi razón, a veces me pregunto qué sentido tiene continuar chapoteando en la angustia como una jirafa que no toca suelo. Por suerte, te miro a ti, y se me olvida cuál era la pregunta.

El viento le alborota el pelo como en una burla. Hoy, una más entre tantas, ha salido a buscar el amor. Frágil para el que no la conoce y solitaria para el que no la entiende, baja la calle sin torcer el gesto. Hoy, roja y valiente, sonríe, y está segura de que va a ser el día.

 

 

 
 
 
 

Como un punto lejano y marchito, nadie aprecia si me quieres o me odias. Desde allí, desde el espacio, todo es subjetivo. Aquí, a tu lado, la carne se me espanta cuando te veo un movimiento. Desde aquí nada es subjetivo. Desde aquí el punto es una mancha. Una negra y asfixiada mancha.

Oyendo hablar y hablar, narcotizado, sin escuchar tediosos cacareos girando y girando sobre el mismo cigüeñal, sin parar de moverse y, sin embargo, clavados en el mismo punto en el que la pereza los construyó. Desde aquí, desde donde algunos nos observan con desaire, yo les veo mover los labios allá abajo, diciendo lo mismo que ayer, lo mismo que mañana… hasta que un día se atraganten y, quizás, callen.

 

 

 

 
 
 
 

Se asomó a un charco y el reflejo lo abofeteó con una precisión cínica y quirúrgica a la vez. En el agua vio al tipo que siempre había evitado y cuya sombra le había perseguido como un borrón jugando al escondite. Apretó los dientes y los puños, y con ellos las sienes. Trató de quitárselo de encima, pero no. El que estaba allí con los pies empapados ya no era él, era su propio padre.

 Espero. Rodeado del polvo lúgubre que abrasa, cínico, hambriento, con la sangre inflamada y grietas gritando quietas. Espero y aguanto. Pregunto envuelto en brumas de sarna y almizcle, como un sorbo de ratas ahogadas en crines, y vuelvo, y tiento, y padezco. Atraganto voces y me engullo. Y espero. Muero, y espero.
 
 
 
 
 

 

 

Escondida entre personas desconocidas, asustada y nerviosa como una niña, se creyó Cenicienta. Disimulando el dolor que le causaban los zapatos, se conformó con soñar a cada paso que jamás volvería a ver a sus hermanas y que el príncipe correría tras ella. Sin embargo, inestable y cansada, no hizo nada por evitar la caída cuando, de pronto, el hechizo se deshizo. 

 
 
 
 

 

 

Que el polvo no nos ahogue. Que la sangre no se pare. Que la mano no sienta las quemaduras tras tocar el hielo. Cuando sigan andando, cuando crucen borrachos de soledad y silencio, firmaremos al borde del sueño como notarios al final de la barra de un bar. Y ahí, en ese momento, cruzaremos también.

Y el sueño del patito feo se convirtió en pesadilla. El ansia por ser como los demás se volvió para estrangularlo y ahora, en este bosque, entre este plástico, el cisne, como nosotros, se atraviesa de metal para volver a ser diferente, para volver a ser de cáscara y plumón negro, para volver a ser, en definitiva, feo de nuevo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Si hoy nos queremos más que el primer día. Si hoy te importo más que cualquier otra orilla. Si hoy no eres más el de ayer y eres la mitad de cuanto conocí. Si este es el lugar, si esta es la cumbre o el fin, bésame. Si mañana nos engulle la fiebre y el mar. Si mañana parpadeas y enferma la luz y nos pesa, este beso, a mí, ya no me lo podrás quitar. 

Viviendo en una colmena de avispas, sin ninguna abeja desde hace siglos, así despierta cada día. Muere un poco cada vez que baja de su cama y se asoma a una ventana entre entre cientos, entre miles, mirando a una calle por la que pasan otros cientos, otros miles, que jamás levantarán la cabeza para mirar a quien les mira. En una colmena nació y, acostumbrada ya al humo y al picor, en una colmena se irá desvaneciendo hasta que nadie la recuerde aunque siga viva.

 
 
 
 
 
 
 

Aquí, sentados el uno sobre el otro, sintiéndose sin mirarse mientras las olas se cansan de romper contra las rocas, respirando el salitre frío que llega a sus rostros tras un viaje desde no se sabe dónde, están a punto de decidir que pasarán el resto de su vida juntos. La razón, sencilla: ¿Acaso hay alguien más a su alrededor?

Lo encontré con los pies clavados en la tierra, ansioso por desarrollar ásperas raíces que se hundieran el el barro. Lo llamé, pero ni siquiera se giró. No me oyó. Su mente, metálica y afilada, se hundía todavía más profundamente que sus recuerdos. Allí lo vi respirar, casi muerto, antes de saltar, romperse y nadar, olvidando su todo en la orilla.

 

 

 

 

 

Él soñaba con volver. Ella, cuando despertó, respiró la mañana sorprendida de que la oscuridad se hubiera diluido tan rápido. Él no había cerrado los ojos en dos días ni para estornudar, y las manos le quemaban en los bolsillos mientras volvía a casa. Ella, ayer, había comenzado a andar mirando al cielo y acariciaba sonrisas con los dedos. Él paró mecánicamente antes de cruzar. Ella, al otro lado de la calle, firme sobre el bordillo, bajó la mirada de las nubes. Ellos, allí, en medio de una Gran Vía que aún se desperezaba, se desearon por primera vez.

Atravesando el cristal, rompiendo el muro, hurgando en el cemento, encontrarás otra realidad. Ingrávido, suspendido en un aire irrespirado e irrespirable, hueco como el vacío más seco, está el espacio de otra vida, de otro ser, de otra existencia.

 

 

 

 

Conscientes y complacientes, hundidos en y por la mediocridad entre la humedad de lo que no serán. Intrusos, turistas, lacados extraños que brillan al sol y lo creen propio cuando es lo único que les roza sin rubor.

Despertando como de un invierno infinito al que no se oyó llegar. Saliendo, explotando tras un infierno de helada mugre y vapor. Corriendo hacia un nuevo comienzo envuelto en una seda todavía limpia. Respirando, vigilando, bostezando… vio llegar algo que creyó la primavera.

 

 

 

 

Invisible, diluido entre personas inexistentes, escondido y transparente, así respira. Solo, durmiente, embotado, dolorido y con sabor amargo, así respira. Y así duerme, y así despierta, y así suspira, entre la gente, confuso, confundido, imitador, trágico…